Y no es un cuento


Érase que se era,
en un tiempo que olvidó dar cuerda a los relojes,
un esbelto faro junto al mar.
Erguida toda su compostura
sobre un infinito de roca,
se alzaba sobre un farallón en furias;
valiente y aguerrido
le hablaba de tú incluso a las más tiránicas tempestades.
No había ventisca que lo amilanara,
ni marea que mermara su voluntad,
como tampoco había noche
en la que su ojo encendido en llamas,
no quebrara el silencio de la penumbra.

Pero antes de ser luz en las sombras,
el faro no había sido más que torre inerte
sin brío, ni savia, ni vida..

Un buen día, las entrañas de aquel edificio en penas,
estallaron en una algarabía de risas
y en un correr de pasillos.
Un par de dientes de leche,
unos pantaloncitos cortos,
y una sonrisa infinita
recorrieron, de punta a punta,
la columna vertebral
del caballero negro del acantilado.

¡Un niño!
Un niño en las entrañas de aquel baluarte…

Aquel niño creció y se alimentó de horizonte y constelaciones,
Las mareas fueron sus compinches de juego
y las galernas y tempestades, sus compañeros de pupitre.

Aquel niño,
poco a poco,
aprendió el idioma de la luz y de las sombras,
del salitre y de los vientos...
y aprendió a temer y amar,
a la vez, aquel mar sobre el que alzaba
su hogar de piedra.

Y cuando aquel niño lo hubo aprendido todo,
se hizo farero…

Y desde entonces,
aquella torre impertérrita,
en un tiempo que olvidó dar cuerda a los relojes,
se alzó,
valiente y aguerrida,
sobre un infinito de roca,
sobre un farallón en furias.

Y le habló de tú incluso a las más tiránicas tempestades.
No se amilanó ante ventisca alguna
y ninguna marea mermó su voluntad.
Y no hubo noche en la que su ojo encendido en llamas,
no le hiciera un sin fin de guiños de luz
a las sombras...

 

Autora: Amelia de Querol Orozco

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