Huellas en la arena


El despiadado tiempo siempre acaba por vencer su eterna batalla, hace que olvidemos la mayor parte de los eventos que forman la inmensa cadena de la vida. Sólo unos pocos náufragos consiguen nadar hasta la isla de los recuerdos, el resto se desvanece en el mar dejando verse de vez en cuando como siluetas confusas que no logramos reconocer.
Lo que procederé a narrar es uno de los más mágicos momentos de mi vida. Quedó grabado en mi mente tan claramente como el sonriente rostro de mi madre. Aquel Otoño del 87 el destino quiso que fuera yo el peón de su partida de ajedrez. Me colocó a orillas del tablero ante un alfil negro y yo, inocente jovencita, le seguí la corriente.

Han pasado diez años desde que dejé a merced de las olas el viejo faro. Ahora no es más que un fantasma del pasado observando el horizonte desde la playa y esperando a encender de nuevo sus luces...

Nada ha vuelto a ser lo mismo. Pocas son las pisadas que tiene que borrar el mar. Los aldeanos hace tiempo ya que emigraron a un lugar mejor. Solamente las gaviotas continúan velando al solitario Guardián de los mares; son raras las ocasiones en las que se ve algún turista. Recorren las desérticas calles, visitan la semiderruida iglesia y tras una brevísima ojeada a la playa abandonan el lugar para no regresar jamás. Es curioso, todos juran haber visto a un hombre paseando descalzo por la orilla.

-¿Te has fijado, cariño, que el mar jamás desiste? -todos sus esfuerzos por mantener el semblante sosegado eran vanos. Tras aquel ligero temblor de voz se adivinaba un nerviosismo poco habitual en él- día y noche, año tras año, siglo tras siglo ignorando todo cuanto ocurra a su alrededor, jamás abandona su lucha contra la tierra. No descansa, erosiona, erosiona, va devorándolo todo en silencio sin conseguir saciar su infinito apetito. Ataca la orilla ininterrumpidamente, separa trozos de tierra, y nosotros no nos damos cuenta.

-¿Qué quieres decirme? -apoyada en la barandilla del faro su mujer lo observaba perpleja. El Otoño se desvanecía y la nueva estación abría sus puertas con un inmenso cielo azul.

-Pues eso. ¿No te das cuenta? Mientras dormimos el mar continúa golpeando la costa, mientras comemos devora, destruye, se come la tierra. Odia la tierra. Ocurra lo que ocurra siempre está ahí luchando, ganando terreno. Llegará un día, cariño, en el que el mar acabará por devorarse a sí mismo.

-Sería un precioso poema, Walter, pero no entiendo por qué me lo recitas -una bandada de gaviotas alzó el vuelo. Se alejaron, empequeñecieron y desaparecieron en las aguas del vasto desierto azul.

-Ambos sabemos, Ann, que cualquier día el mar puede reclamarme.

-¿Qué? -el rostro de su mujer empalideció-. ¿Te ha dado algún aviso?

-Lleva varios días haciéndolo -un desgarrador grito de impotencia inundó el silencio de la mañana. Ya no existía el cielo azul, ni las olas, ni las gaviotas. Ahora todo era negro, un laberinto de pesadilla donde se había perdido, un mundo nublado por las lágrimas, miedo, tristeza, gritos, negrura, odio.

Era simplemente un rumor entre la gente del pueblo, un eco llegado de los mares... No quise creérmelo. Me uní en matrimonio con el protagonista haciendo caso omiso a las advertencias... hasta que un día cuando paseábamos por la orilla...

-Cariño hay algo que debo decirte -aquella sonrisa cálida con la que le obsequiaba a su mujer todo los días era relevada por una mirada glacial, como dos cubitos de hielo en un rostro pálido, dos cubitos de hielo azules en la mitad de la Antártida.

-¿Qué ocurre? -paseaban descalzos, pisando las huellas que habían hecho a la ida. A Walter siempre le habían fascinado las pisadas en la arena. "Son como una fotografía. Un señor pasea por la playa y se va dejando como única prueba sus huellas. Ese instante, ese paseo (al igual que la imagen de una fotografía) no regresará jamás, nunca, pero las huellas, las pisadas en la arena se quedarán ahí, pertenecerán a un individuo invisible que no sabemos quién es pero, déjalo es una idea muy compleja para expresarla con palabras".

-Conocerás la historia que se cuenta sobre mí en el pueblo.

-Muy por encima. No me gustan las leyendas ni ese tipo de cosas, las odio. ¿Tú no? -No contestó. Se limitó a narrarme un escalofriante relato que posteriormente cambiaría completamente nuestras vidas.

Siempre me ha fascinado la pesca. Ya desde muy pequeño acompañaba a mi padre en sus largas excursiones donde poco a poco fui familiarizándome con la caña hasta conseguir ser un verdadero virtuoso de ella. Las cenas dominicales solían estar compuestas prácticamente de lo que habíamos logrado.

El día de mi décimo cumpleaños obtuve como regalo una pequeña embarcación a la que bauticé con el nombre de "Diablo". Pronto comencé a prescindir de la compañía de mi padre (ley de vida) y todas las tardes de verano me adentraba en el mar con una caña y un buen sombrero con el que resguardarme del sol.

Fue en una de esas mansas tardes cuando me encontré ante el suceso más extraordinario que jamás vieron mis ojos. El inmenso cielo azul bajo el que me había hecho a la mar se transformó en pocos minutos en un infierno negro azotado por el viento. Los primeros destellos de luz en la oscuridad anunciaron la llegada de una tormenta y yo en medio de un impresionante oleaje comencé a gritar.

El mar me lanzaba de un lado a otro de mi pequeña barca. En realidad no era más que un diminuto cascarón intentando sobrevivir en mitad de un enfurecido y bravo mar. Yo me asía con fuerza al bote mientras las olas jugaban caprichosamente conmigo. Me mojaban, me empujaban, me azotaban, gritaba, tragaba agua, y caí al mar. El bote había volcado súbitamente y me hallé a merced de un gigante enojado. Nadaba con fuerza hacia la costa, luchaba contra la inmensa masa de agua, me hundía en el mar y tras unos agobiantes segundos conteniendo la respiración, emergía a la superficie donde recibía el golpe de otra ola.

Necesitaba aire, me encontraba cansado, desesperado, y repentinamente me vino a la cabeza una idea que hasta el momento no se me había ocurrido. Iba a morir. Supe con certeza que estaba predestinado a perecer en el desierto azul. Y sentí miedo. Y lloré.

Fue un milagro, nunca lo he dudado. El hecho de que en mitad de semejante tempestad un enorme barco de pesca, que en ningún momento había visto, apareciera ante mis ojos, me recogiera y me llevara ante mis padres, no fue un suceso normal.

Mi madre aguardaba entre lágrimas, intentando a toda costa mantener su débil vela de la esperanza encendida. Mi padre quería salir y rescatarme, y de pronto aquel extraño marinero envuelto en una fúnebre capa negra me llevó a casa sano y salvo.

Mi padre quiso recompensarle. Le juró ante Dios que haría cualquier cosa como pago a mi rescate. El extraño ser, por el contrario, rechazó el ofrecimiento alegando que yo mismo al crecer tendría la oportunidad de hacerle algún favor a cambio.

Desapareció en la oscuridad de la noche y no supe nada de él hasta después de muchos, muchísimos años.

Me visitó una mañana hace ya cinco años. Lo reconocí al instante, siempre he tenido una magnífica memoria fotográfica. Había algo, por el contrario, que no andaba del todo bien. Aquel hombre no había cambiado nada, se encontraba tan fabulosamente bien como el día en que me salvó la vida. Mis padres habían fallecido hacía algún tiempo, ya con 75 años, y él seguía exactamente igual. Había venido a recibir su recompensa.

Jamás me perdonaré esos años en los que dejé que tanta gente pereciera ante mis aterrados ojos por expreso deseo de aquel señor que siempre me recordaba lo bien que se había portado conmigo. "Además, decía, todas las personas que estamos dejando morir no son más que vulgares pueblerinos que no quisieron agradecerme, tan bien como tú lo has hecho, el gran favor que yo cierto día les hice". Las noches de tormenta él enviaba a sus víctimas a navegar por la bahía y yo, el farero, apagaba el foco para que chocasen contra las rocas.

Hasta que un día decidí encenderlo y con la ayuda del poderoso brazo de luz guié hasta el puerto un barco que, en principio, debía dejar que se hundiese. Nunca me arrepentí de aquel acto. Es más, todavía sigo sintiéndome orgullosísimo, el caso es que como consecuencia de mi desobediencia vendí mi miserable vida al diabólico ser que me había acosado durante tanto tiempo; él al mismo tiempo, se la regaló al mar.

Y el destino no se hizo esperar. Tras seis años, seis meses y seis días de espera, el fin de la felicidad nos vino tan rápidamente como acostumbra a hacerlo. Llamó una noche de finales de Otoño (año 1987) a nuestra puerta mientras nos acostábamos. ¡Cuánto le he echado de menos! No sé por qué la vida ha de ser tan perra, solamente una cosa he aprendido tras este tortuoso percance: nada se puede hacer en la vida sin fuerza, la vida es difícil de por sí, pero además los que la vivimos somos tan infinitamente estúpidos que tendemos a hacerla imposible. ¡¡¡Por qué!!!

Eran altas horas de la noche cuando Ann alargó su brazo para acariciar a su marido. La mano cayó sobre el colchón. Abrió los ojos y miró por debajo de la puerta del cuarto de baño. La luz estaba apagada. Comenzó a sentir un hormigueo en el estómago y salió de la habitación corriendo. En el piso de arriba, en el de abajo, en una habitación, en la otra, en los armarios, corría desesperadamente rozando objetos que se reducían a añicos en el suelo. ¿Dónde estaba?. Subía las escaleras, se tropezaba y caía al suelo,la casa estaba vacía.

Fue a través de las ventanas del salón del faro donde halló a su marido. Estaba en la playa.

Llovía, llovía, llovía. Opacas nubes grises cubrían el cielo. Las hojas no eran más que dispersos espectros danzando al son del viento.

Y llovía y llovía y llovía.

Las olas luchaban entre sí, colisionaban y explotaban. Rompían furiosas en la orilla, atacaban el faro, se elevaban, salpicaban y llovía y llovía y llovía.

Walter cual un fantasma en la noche avanzaba hacia el mar. El viento le empujaba, la lluvia le empapaba y las olas le amenazaban. El farero , por el contrario, continuaba su paseo hacia el mar.

Siguiendo el espectral ritmo de una melodía inexistente adelantaba el pie derecho y luego el izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo -llovía, el viento silbaba- derecho, izquierdo. Los pájaros enmudecieron los truenos rugieron y un terrorífico alarido de dolor inundó el silencio de la noche.

-¡¡Walter!! -su mujer desde la torre lloraba, gritaba, maldecía -era un grito mudo ahogado en la oscuridad de la noche- y llovía y tronaba._Derecho, izquierdo, derecho izquierdo.

-No te preocupes cariño siempre cuidaré de ti -los aldeanos habían ido acercándose a la playa y observaban lívidos la escena. Nadie podía moverse, miraban, escuchaban pero no intentaban hacer nada.

"Las pisadas son como una fotografía".

Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Las lágrimas de una niña se confundieron con la inacabable cortina de agua que inundaba calles, casas, tiendas, el pueblo entero. Los truenos hacían el redoble que acabó en una estruendosa ola que como una lengua lamió el cuerpo del farero atrayéndolo hacia el mar. Avanzó los últimos pasos y fue adentrándose en el desierto azul sin escuchar los sollozos, los gritos, sin sentir la lluvia, los truenos, la muerte.

Y allí se desvaneció en la oscuridad de la noche con el caluroso recibimiento del mar.

"Llegará un día, cariño, en el que el mar acabará por devorarse a sí mismo".

Muy de vez en cuando dejo mi oscuro escondite de Londres y me acerco a esa pequeña playa. Me siento en la arena y observo al majestuoso faro escrutando orgulloso el horizonte. Miro el mar e intento comprender lo que Walter quiso transmitirme aquella mañana: "El mar jamás desiste, erosiona, devora, ataca la orilla ininterrumpidamente"; y después de tanto tiempo creo que empiezo a comprender lo que quería decir.

Me levanto y paseo descalza por la orilla, miro mis huellas en la arena y entonces le veo. Se acerca sigilosamente y nos fundimos en un caluroso abrazo.

Autor: Iñigo Barbancho Galdós

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