El hongo mortal


Comenzaba octubre del 97 y, en aquella playa del norte de Galicia, los chiquillos se sentían felices. El calor y la ausencia de viento los mantenía correteando por la arena y chapoteando en los pozos a pesar de lo avanzado de la tarde. El castillo de arena, que los había entretenido durante casi una hora, estaba siendo atacado por la subida de la marea y entre gritos y tropiezos, cuatro de ellos se afanaban por apilar frente a él cubos de arena, tablas y alguna piedra con el vano proposito de detener el movimiento del mar.

- "¡Mirad, un barco!"

Todos se volvieron para mirarlo. Navegaba inusualmente cerca de la orilla. Era un pesquero que cruzaba frente la playa en dirección a Estaca de Bares. Los niños se olvidaron por un momento de su fortaleza, y a gritar:

- "Ah del barco. Estamos aqui"

El barco de madera "Ezequiel" estaba dedicado a la pesca artesanal del bonito e iba en busca de cebo para llenar sus viveros y dirigirse a los lugares de alta mar donde abundaban los túnidos. El cebo lo cogerían entre la playa y el cabo, en la enorme ensenada de aguas cargadas de plancton donde el pescado menudo se congregaba en cantidad. El patrón navegaba con toda su atención en la pantalla de la sonda a la espera de que una mancha oscura a flote le invitase a comenzar la faena. El barco era forastero y no conocía aquella costa, por eso había decidido inspeccionarla con la luz de la tarde, sondeando las aguas para situarse con seguridad durante la noche.

La Estaca de Bares estaba en la memoria del patrón desde que tenía uso de razón. Después de haberse imaginado cientos de veces alejandose de aquellos acantilados castigados por tempestades invernales, el destino había llevado a Javier a aquellos míticos parajes una tarde de final del verano, con calma chicha, para realizar un trabajo que él conocía muy bien: coger cebo vivo. La tarea les tendría ocupados toda la noche. Al día siguiente pondrían rumbo al NW hasta perder de vista tierra firme. Los depósitos repletos de combustible permitirían rodearse de mar durante veinte días.

Oscurecía cuando Javier, con catorce hombres a bordo, se acercaba con lentitud al Estaquín de Sigüelos. Apenas cincuenta metros lo separaban de aquella roca tan temida. Allí había pescado, y el calado era más que suficiente para largar el aparejo. La calma era total. Viró todo a babor y, a la salida del giro, comprobó que el calado no había descendido y que el pescado estaba debajo de su quilla.

- "Veinte brazas. Estoy sobrao. Vamos a largar. ¡Todos a sus puestos!.

Encendió las luces de cubierta. Ya la Luna les acompañaba recortada en creciente. Se aproximó de nuevo al Estaquín que, sin un solo collar de espuma, permanecía inmóvil.

- "Boya al agua".

Se escuchó un chapoteo de la boya y el barco comenzó a virar largando por la popa el aparejo. La maniobra era sencilla. Se trataba de girar en círculo hasta cerrar una enorme bolsa de red para después izarla y, por medio de un truel, ir llenando los viveros de pececillos.

El aparejo fue largado casi en su totalidad. La tripulación se desplazaba hacía babor pues se acercaba el momento de levantar. Solo restaba coger la boya.

La pantalla de la sonda marcaba una mancha de pescado de un espesura poco común. Javier no recordaba haber hecho un lance tan efectivo en toda su vida. La forma de la mancha, ocupando las diez primeras brazas desde la superficie, le presagiaban una marea bárbara. La luz de cubierta no le dejaba ver la boya así que se asomó por el puente y la localizó. Le quedaba bastante fuera por el Oeste. Se había desviado unos metros por el Este. viró toda la caña a babor y, mientras lo hacía, en la pantalla de la sonda el fondo comenzó a elevarse casi verticalmente a quince, a diez brazas. Estuvo a punto de dar atrás pero, en ese momento, vio por proa el Estaquín apenas a treinta metros, -"lo libramos"- se dijo, y continuó.

La sonda se había estabilizado en ocho brazas, pero nuevamente el fondo comenzó a subir velozmente. Se sintió un rascazo brutal y a su vez una sacudida que zarandeó a toda la tripulación. El barco se levantó de proa y se tumbó sobre el arrecife que la calma había ocultado. La máquina paró. Las cuadernas cedieron. El silencio todo de la mar en calma se borró bajo el crujido de la madera: El barco se hundió. Los náufragos se salvaron todos.

Al día siguiente, una lancha de reconocimiento rastreó la zona en donde una gran bolsa de red flotaba sujeta la barco hundido, convirtiendose en un peligro para otras embarcaciones, de modo que las autoridades decidieron poner manos al asunto, para lo cual, valiéndose de un barco remolcador y de unos buceadores, amarraron la red y, tirando de ésta, arrastraron el barco hundido media milla, donde el calado aumentó a treinta brazas, y allí se desgarró por el peso de la red, quedando el barco posado en el fondo y, sujeta a él, como una gorgonia gigante, una melena de red de casi quince brazas que ya no suponía nigún peligro.

Transcurrieron unos meses...

Besteiro era un pesquín, ya más que eso, trabajador. Patroneaba su propio barco y, con una tripulación de seis hombres, defendía bien el jornal que la mar nunca regalaba. Estaba dedicado a la pesca de la lubina porque en invierno no le gustaba estar lejos de casa y le iba bien. Se arriesgaba largando sus palangres entre aquellos bajíos durante el invierno, como sabía hacer desde siempre alrededor de la Estaca de Bares, y le gustaba. Conocía aquella costa - "ah, recarallo"-. Sabía que alrededor del Estaquín siempre había lubinas si se arrimaba. Y allí estaba largando todos los días, arrimado, y con muchos corchos para que no picasen otro tipo de peces. A flote.

Al terminar de recoger, repasó el fondo con la sonda buscando señales del barco hundido, encontrando un arrecife que ascendía a quince brazas del fondo y, a su pié, espesas manchas de pescado.

- "Vamos a largar aquí fuera, pero al fondo, cuatro cestas".

No podía ser un bajo nuevo. Aquel dibujo de la sonda era, sin duda, los restos del barco hundido, y el sabía que los pecios son buenos lugares de pesca.

- "¡Piedra a cada quince anzuelos!,¡más cal a la boya, cincuenta brazas!".

Podían ser abadejos, grandes abadejos que en ese tiempo arriman a la costa para desovar, y el tenía los aparejos apropiados y un vivero repleto de patexos para ponerles cebo. Largó por fuera del casco hundido, arrimado.

Al día siguiente comenzó a levantar. Había soñado con aquellas cuatro cestas; con un barco posado en el fondo habitado por una nube enorme de abadejos y, por entre ellos, irresistible, su palangre con cuatrocientos patexos moviendo incansables sus patitas.

Comenzaron a distinguirse manchas brillantes al final de la tira del palangre que subía el halador, y las manchas comenzaron a crecer.

-"¡Son robalos! No perdáis uno. Tu, coge el truel y no te muevas. Como se te vaya uno te arranco la cabeza".

En efecto, eran robalos. Todos de cinco y seis kilos que subían uno tras otro enganchados en los anzuelos. Seguidos.

Recoger aquellas cuatro cestas había sido una labor frenética. Nada más terminar la faena volvió a largar en el mismo sitio. pero esta vez largó tres filas de palangre, una por el norte, otra por el sur y otra por encima del barco hundido. Las manchas que la sonda dibujaba a su alrededor eran bandos de grandes robalos y debía aprovechar la oportunidad.

Llevó a la lonja 30 cajas de robalos que despertaron la codicia de otros pescadores, entre ellos Luciano "el Tiñoso" que aquella tarde largó sus palangres en la misma zona donde Besteiro había largado los suyos.

apareció en escena "el Tiñoso" y, tras una discusión considerable por medio de la radio, comenzaron la faena. Besteiro levantaba los primeros anzuelos y de nuevo los robalos comenzaron a amontonarse en los trastes. Una cesta, dos...Mientras, "el Tiñoso" parecía tener problemas, pues su aparejo semejaba estar enganchado en la profundidad. Besteiro estaba con la tercera cesta cuando el marinero que manejaba el halador gritó:

-"¡Estamos presos en el fondo!".

-"¡Haz firme!, voy a dar avante".

La tira de palangre se rompió. Se dirigieron a la boya del final y comenzaron de nuevo a recoger. Pero también por aquel cabecero estaban enganchados a algo en el fondo. Y de nuevo el palangre se rompió. La corriente había arrastrado las tiras de anzuelos cargados de peces hasta enredarlas en la red que permanecía sujeta al casco hundido, y alli quedaron los aparejos de los dos barcos, llenos de robalos que morirían lentamente.

A partir de aque día, en el fondo, alrededor del casco hundido, comenzó a formarse un enorme lío de sedales, anzuelos y redes.

Bandos de peces que se acercan al casco hundido, encuentran una muerte inútil entre la maraña de redes y anzuelos que la incompetencia humana continua amontonando a media milla al noroeste del Estaquín de Sigüelos, la roca que emerge más al norte que ninguna otra en toda la costa cantábrica.

Allí la sonda dibuja un enorme y silencioso hongo semejante al que se forma tras una explosión nuclear, en donde los cadáveres de los peces se pudren y mueren tras angustiosas agonías.

El olor de los peces en descomposición continua atrayendo a infinidad de crustáceos que terminan enredados en la montaña de aparejos y agonizando hasta ser devorados por las pulgas de mar, las únicas beneficiarias de la continua masacre, puesto que, los enormes congrios que allá habitan con docenas de anzuelos oxidados enquistados, no deben disfrutar mucho del festín carroñero que rodea al "Ezequiel", en el que dieciocho mil litros de gas-oil aguardan pacientes a que la corrosión les abra una rendija para dejarse llevar por la corriente.

Faro de Estaca de Bares, abril 2000

Entre las observaciones anotadas en el libro de servicio del faro de la Estaca de Bares el día 5 de octubre de 1997 puede leerse: "A las 2 de la madrugada se hunde el bonitero "Ezequiel" al chocar contra los bajos del Estaquín de Sigüelos. Sus quince tripulantes fueron rescatados sanos y salvos por lanchas del puerto de Cariño que faenaban a esa hora en el lugar, dedicadas a la pesca con tarrafa".

 

Septiembre 1999

Un vecino de El Barquero que se fondeó sobre el pecio del "Ezequiel" para pescar calamares, ante la continua pérdida de poteras, porque se enganchaban en el fondo, decidió cambiar de posición. Al querer levar el fondeo comprobó que éste también estaba preso. Hizo firme el cabo y dió avante, consiguiendo librar el enroque. al recogerlo se percató de que pesaba mucho, traía algo enganchado.

Efectivamente, cuando asomó la cabeza por la borda vió que un trozo de red de unos cinco metros venía enganchada en el ancla. El trozo de red de nylon que recuperó tenía enredados tres lubrigantes de gran tamaño, uno vivo, otro moribundo, y del tercero solamente quedaban unos trozos del caparazón.

El moribundo le impresionó. Pesaría cuatro kilos y era horriblemente deforme; indudablemente había crecido "enredado". Quien sabe si primero había sido una pata, o una pinza, o la suculenta cola, el resultado estaba a la vista: las articulaciones, extranguladas por los hilos, emergían de una bola de nylon que envolvía un cuerpo impedido, en cuyo caparazón estaba incrustada, ya, la red.

Autor: Eugenio Linares Guallart

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