El mar


"Tan cierto como que mañana saldrá el sol". Él escribía en la arena, justo en la orilla, y el mar se ocupaba de borrarlo todo una y otra vez. Pese a ello, en cuclillas sobre la arena, volvía a usar la media concha en escribir frases cortas.

-¿Qué haces?

Se giró, sobresaltado. Una niña delgada le miraba, extrañada.

-No sé; escribo.

Se hizo un silencio. El mar les mojó los pies, pero ninguno hizo nada para evitarlo. Se miraban. Él se perdió por un momento en sus cabellos negros, y pensó en la mujer que sería. Ella seguía mirando la concha en su mano, y no estaba satisfecha con la respuesta dada.

-¿Qué escribes?

-Nada en concreto. Solo me aburría, y por hacer algo...

La playa estaba casi desierta, y aunque el sol calentaba, el frío viento robaba el calor de la piel. La niña sonrió antes de hablar:

-¿Te aburres? ¿Te cuento un cuento?

-Sí, por favor.

-Vale, siéntate. Pero ¡oye! ¡Que te mojas! Vamos allí.- Ella señaló una barca tendida en la arena, y fue corriendo hacia allá. Se sentó en su vientre y le esperó. Él con un poco de indecisión, se acercó, sentándose a sus pies, que colgaban desde la barca.

-¿Qué cuento me vas a contar? ¿Lo conozco?

-No lo se. ¿Cuáles sabes?

Hacía tanto tiempo de cuentos ¿Cuáles sabía? No importaba.

-Muy pocos. Tú empieza, si lo conozco te lo digo, ¿vale?

-Vale. Hace mucho, mucho tiempo había cerca de aquí un faro. Era un faro grande, de piedra gris, y cuando había tormenta se encendía para señalar a todos donde acababa el mar y empezaba la roca.

El farero era ya un hombre mayor, y temeroso de que un día le pasase algo una noche de tormenta y quedase la luz sin encenderse, esperaba encontrar a alguien que quisiese vivir con él. Un día apareció en el pueblo un joven con una quemadura en el brazo, grande, alargada, y algunas heridas frescas en el rostro. Le invitó a vivir con él, y aceptó. Pero no había un día sin que el joven despertara y pareciese un castigo hacerlo. No pasaba un día sin que subiera a lo más alto del faro y quedase mirando el mar horas y horas, en silencio. Pese a no quejarse, el joven irradiaba tristeza a su alrededor, y quizás si el farero hubiera sido más joven le hubiera contagiado, o tal vez le hubiera echado. No lo hizo, en cambio. Cuando ya estuvo curado de todas sus heridas y siguió igual, el anciano le preguntó que le ocurría. "¿Qué te pasa? ¿Por qué nunca sonríes? ¿Nada en la vida te alegra?" el joven negó. "No, ya no. Los míos murieron y solo yo sobreviví. No pude salvar mas que mi cuerpo, pero algo dejé en el incendio." "Escucha,"- le dijo el farero.- "existe un remedio para tu mal. La próxima luna llena coge una barca, y vete al centro de la bahía. Llena un vaso con el agua que más clara refleje la luna, y bébetelo. Si eso no lo arregla, nada lo hará." El joven le dio las gracias, y por primera vez miró de veras el rostro que tenía frente a si. Gastado, lleno de arrugas y quemado por el sol y el viento. Todo ello y unos ojos preocupados que le miraban fijamente. Una semana después, llegó la luna llena, y tal como dijo el farero, el joven cogió una barca, remó hasta la bahía y pronto creyó ver el sitio donde más brillaba la luna. Impetuoso remó hacia allá, pero el movimiento del barco deshacía el reflejo, y no podía llegar. Además,
a unos metros parecía ahora estar el sitio donde más se reflejaba la luz.

Estuvo persiguiendo sin parar el reflejo, ahora maldiciendo al viejo, ahora a la barca, ahora a la luna, ahora a él, mismo que remaba sin parar para beber un poco de agua de mar. Cuando se cansó, se tumbó en el fondo de la barca y se puso a mirar la luna hasta que, del cansancio, quedó dormido. La corriente le llevó poco a poco a la playa, donde por suerte, quedó. Al despertar se fue al faro, enfadado. "¿Querías burlarte de mi, viejo? No se puede coger el agua donde más brilla la luna. ¿Es que querías enseñarme que no tengo solución? ¿Es eso?" "Quizás. La próxima luna llena, iré contigo. Y si no puedo yo tampoco llenar el vaso, te dejaré el faro a ti solo, para que hagas lo que quieras con el ¿trato hecho?" El joven aceptó, y en las semanas que pasaron mientras esperaba que de nuevo la luna llena iluminase la bahía, la impaciencia le carcomía. ¿Podría curarse? ¿Ganaría de verdad algún motivo para vivir? Llegó por fin la luna llena, y el farero dejó el faro de noche por primera vez en muchos años. Se sentó en la barca, con el vaso en las manos, y dejó que el joven remase. Él les llevó de nuevo al centro de la bahía y le señaló "Ahí está el reflejo más brillante" y furioso fue acercándose, remando con más fuerza. El reflejo se quebró de nuevo, y frenético agitaba los remos. "Allí, ahora está allí". Poco después, agotado, de nuevo se quejaba al viejo. "¿Lo ves? Es imposible." El viejo cogió el vaso, lo llenó de opaca agua de mar recién agitada, y lo dejó sobre la tabla de la barca. Al poco el agua se calmó en el vaso, y pudo verse la luna reflejada en él. El anciano bebió del vaso y se lo tendió. "¿Quieres beber? ¿O prefieres seguir tras la luna otra noche más?"...

La niña palmeó violentamente.

-Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

El hombre la miraba, asombrado.

-Pero, ¿y el vaso? ¿Se lo bebió? ¿Funcionó? ¿Qué pasó con el faro? ¿Y el viejo?

Ella se reía sin parar.

-Me tengo que ir. ¿Te gustó el cuento?

-Mucho, muchas gracias ¿Quién te lo contó?

Se encogio de hombros, saltó de la barca y comienzó a irse, corriendo.

-No se, ese cuento es de aquí. ¡Me tengo que ir!

La miró alejarse, aun perplejo por la niña, por el cuento, y aun le dio tiempo a ella a chillarle algo, antes de desaparecer de su vista.

-¡No bebas mucha agua de mar! ¡Está mala!

La marea ya casi llegaba hasta él y la concha estaba sumergida bajo las olas. Se fue a su casa.

Autor: Daniel Durán

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